Ayer 15 de enero, el Obispado de Alicante acogió la primera sesión del curso : «Lectura de los signos de los tiempos y lectura católica de la Educación. Desde el Papa Francisco a León XIV». La sesión estuvo a cargo de Antonio Roura Javier, director de la Comisión Episcopal de Educación de la Conferencia Episcopal Española, y reunió a docentes de Religión y miembros de la comunidad educativa cristiana.
Desde un lenguaje cercano, profundo y a la vez accesible, Antonio Roura nos situó ante un contexto marcado por rápidos cambios culturales, tecnológicos y sociales, la Iglesia no se limita a observar la realidad, sino que se siente llamada a acompañar, iluminar y regenerar el mundo educativo, poniendo siempre a la persona en el centro.
Uno de los ejes fundamentales de la sesión fue la misión educativa de la Iglesia en el mundo actual, leída a la luz del magisterio reciente. Desde Veritatis Gaudium hasta Fratelli Tutti, pasando por Dilexit Nos, se subrayó que estamos viviendo un cambio de paradigma educativo: ya no basta con transmitir contenidos, sino que es necesario cultivar una pedagogía del encuentro, capaz de formar personas con pensamiento crítico, corazón compasivo y compromiso social. Una educación que nace del kerygma, pero que se traduce en procesos, metodologías y estilos de relación.
En este horizonte, el nuevo currículo de Religión fue presentado como una oportunidad y no como una carga. Se destacaron sus fundamentos antropológicos, evangélicos y pedagógicos, así como sus criterios competenciales, que buscan una enseñanza más significativa, conectada con la vida, abierta al diálogo con la cultura y atenta a los grandes retos contemporáneos. Entre ellos, tuvo un lugar destacado la revolución de la inteligencia artificial, especialmente por su impacto en los jóvenes, en sus formas de aprender, de relacionarse y de construir identidad. Lejos de demonizarla, se invitó a abordarla desde una mirada ética, educativa y humanizadora.
La reflexión se amplió hacia una educación integral, en sintonía con las encíclicas del papa Francisco, las aportaciones de Benedicto XVI y las orientaciones de León XIV, que insisten en la necesidad de unir verdad, caridad y esperanza. En este marco, cobraron especial fuerza las referencias evangélicas a las Bienaventuranzas y a Mateo 25, como brújula para una pedagogía que forme en la compasión, la justicia y la responsabilidad hacia los más vulnerables.
Desde esta inspiración, se abordaron con claridad y sensibilidad temas como la educación para la fraternidad, el cuidado de la naturaleza, la conexión con los Objetivos de Desarrollo Sostenible y, de manera muy especial, la llamada a poner en el centro a las personas con necesidades educativas, no como un añadido, sino como criterio evangélico y pedagógico fundamental de la clase de Religión.
La pedagogía samaritana, inspirada en el capítulo segundo de Fratelli Tutti, atravesó buena parte de la sesión: una educación que se detiene, que mira, que toca la herida y que se compromete. En sintonía con ello, se habló de la importancia del lenguaje no violento, de la construcción de una paz desarmada y desarmante, y de una cultura educativa que genere vínculos, sentido y esperanza. Todo ello dentro de un “nosotros” que, como recuerda Dilexit Nos, necesita corazón.
No faltó la evocación a Newman, como inspiración para comprender la educación como proceso vital, donde el verdadero cambio no se impone, sino que nace desde dentro, cuando el educador se deja también educar.
La sesión concluyó con una llamada clara y motivadora: el cambio educativo empieza en cada educador. En su mirada, en su manera de situarse ante los alumnos, en su forma de vivir la vocación docente. Porque en tiempos nuevos, la clase de Religión está llamada a ser espacio de encuentro, laboratorio de humanidad y semilla de un mundo más fraterno.
Una invitación abierta a seguir caminando, personal y comunitariamente, hacia una educación que no solo enseña, sino que regenera.






